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La Coctelera

DESARROLLO PERSONAL DINAMICO

Tu no ves lo que eres, sino su sombra . R. Tagore

27 Octubre 2010

EL SUFRIMIENTO ANTE LA MUERTE DE ALGUIEN QUERIDO

 

Carlos Mora V

En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente  Khalil Gibran

No podemos negar, que desde el momento en que se nos dio la oportunidad de manifestarnos en esta dimensión con un lapso de tiempo de vida que no manejamos voluntariamente, sabemos que tenemos que morir, cuando no lo sabemos , a menos que lo decidamos nosotros  y dejemos de existir en el momento que lo deseamos, simplemente, suicidándonos, quitándonos la vida.

 Lo cierto, que el saber que debemos de irnos de esta dimensión a la que nos apegamos y contaminamos con sus diferentes estímulos que pueden dar paso a la felicidad, tristeza, paz, armonía, pero también rabia, ira, frustraciones desengaños, por mencionar algunos aspectos, origina en muchos, sufrimiento, más cuando se detienen a pensar que deben un día morir.

 El sufrimiento se acrecienta más, cuando en nuestras interrelaciones con otros transeúntes que se identifican como padres, hermanos, amigos, hijos, compañera, en fin familiares, se ha compartido el afecto, se ha dado paso al cariño en todo su alcance positivo y un día que menos lo esperábamos, han decido dejar la vida y viajar con la muerte  a otras dimensiones, causándonos un gran dolor su partida.

Justamente, al respecto de este sufrimiento, hay una anécdota muy interesante que lo explica ampliamente. Al respecto nos la recuerda, /inteligencia-exitosa.blogspot.com, cuando señala, que:  En tiempos de Buda, murió el único hijo de una mujer llamada Kisagotami. Incapaz de aceptar aquello, la mujer corrió de una persona a otra en busca de una medicina que devolviera la vida a su hijo. Le dijeron que Buda la tenía.
Kisagotami fue a ver a Buda, le rindió homenaje y le preguntó:

"¿Puedes prepara una medicina que resucite a mi hijo?"
"Conozco esa medicina"
-contestó Buda-. "Pero para prepararla necesito ciertos ingredientes".
"¿Qué ingredientes?"
-preguntó la mujer, aliviada.

"Tráeme un puñado de semillas de mostaza"
-le dijo Buda.
La mujer le prometió que se las procuraría, pero antes de que se marchase, Buda añadió:

"Necesito que las semillas de mostaza procedan de un hogar donde no haya muerto ningún niño, cónyuge, padre o sirviente".

La mujer asintió, y empezó a ir de casa en casa, en busca de las semillas. En todas las casas que visitó, la gente se mostró dispuesta a darle las semillas, pero al preguntar ella si en la casa había muerto alguien, se encontró con que todas las casas habían sido visitadas por la muerte; en una había muerto una hija, en otra un sirviente, en otras el marido o uno de los padres.
Kisagotami no pudo hallar un hogar donde no se hubiera experimentado el sufrimiento de la muerte. Al darse cuenta de que no estaba sola en su dolor, la madre se desprendió del cuerpo sin vida de su hijo, y fue a ver a Buda, quien le dijo con gran compasión:

"Creíste que sólo tú habías perdido un hijo; la ley de la muerte es que no hay permanencia entre las criaturas vivas".

Por último, debemos cada día prepararnos para la realidad de la muerte, dis frutar nuestra oportunidad de vida intensamente, compartirla con quienes hemos seleccionados como los compañeros de es este viaje mientras permanecemos en esta dimensión.

 Considere lo que nos indicaes.catholic.net, que  todos nos gustaría que en esta vida no tuviéramos que sufrir ni morir, pero no nos debemos engañar. El dolor, el sufrimiento, el fracaso, la desgracia y la muerte son situaciones propias de la vida humana. Son parte de nuestra vida. Es inútil, por tanto, tratar de evitarlas o eliminarlas.
Debemos reconocer que en cada uno de nosotros está latente la posibilidad de sufrir o morir. No se trata, desde luego, de ver todo con una actitud pesimista o masoquista. Lo importante es que captemos, de manera simple y sencilla, que estas realidades se encuentran en nosotros y que, tarde o temprano, las experimentaremos en nuestras vidas.
Cuando tomamos conciencia de que el sufrimiento y la muerte son realidades de la vida, adquirimos una fuerza y seguridad especiales que nos hacen enfrentarnos a ellas con mucha serenidad y tranquilidad, sabiendo que podemos superarlas y llegar a aceptarlas.
Esto no significa que se va a eliminar el dolor que nos provocan, más bien que podremos dominar y controlar mejor la aflicción que nos invade cuando sufrimos o vemos sufrir a quienes amamos.
Hay quienes sufren físicamente y hay quienes sufren moralmente. Si observamos a las personas que nos rodean, veremos que hay gentes que no tienen qué comer, otras que son tratadas injustamente, otras que padecen una enfermedad incurable, a otras se les ha muerto un ser querido y así podríamos seguir nuestra lista. Son muchos los sufrimientos que pasan los seres humanos todos los días.
La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves en la vida humana. En la enfermedad el hombre experimenta su impotencia, sus límites, y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte (CEC 1500). La enfermedad puede conducirnos a la angustia al repliegue sobre nosotros mismos, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Pero también puede hacer a la persona más madura ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse para lo que sí lo es (CEC 1501)

No olvide vivir la vida intensamente, disfrutarla, no dejarse atormentar por el pesimismo, las pruebas que debe afrontar. Probablemente no tiene mucho tiempo para ello, pero mientras tanto aprovéchelo al máximo, el sufrimiento desgasta, nos hace perder energía, nos afecta muchas vecen en nuestra salud y aun psíquicamente.

 

 

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Identificado con todos los tópicos relacionados con la autoayuda, crecimiento personal y espiritual. En la medida que se nos ha dado la oportunidad de estar en esta dimensión debemos saber aprovechar nuestra vida en pro de ser cada día mejoreses y proporcionar la auda ncesaria para todos aquellos que quieran aprovechar su tránsito aprovechando el tiempo que se nos ha dado de permanecer.

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