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La Coctelera

DESARROLLO PERSONAL DINAMICO

Tu no ves lo que eres, sino su sombra . R. Tagore

2 Agosto 2010

ALCANCE Y REPERCUSIONES DE LA ACEDIA

 

Carlos Mora V.

 Muy interesante es el tema de la Acedia y todo lo que ella involucra, sabemos como lo expone  Aldous Huxley  que Los cenobitas de la Tebaida se hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios.
La mayor parte de esos espíritus malignos aparecía furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la luz del día. Los santos del desierto lo llamaban daemon meridianus, pues su hora favorita de visita era bajo el sol ardiente. Yacía a la espera de que aquellos monjes que se hastiaran de trabajar bajo el calor opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada a sus corazones. Y una vez instalado dentro, ¡qué estragos cometía!, pues de repente a la pobre víctima el día le resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente vacía. Iba a la puerta de su celda, miraba el sol en lo alto y se preguntaba si un nuevo Josué había detenido el astro a la mitad de su curso celeste .A lo largo de la Edad Media este demonio fue conocido con el nombre de acedia. Aunque los monjes seguían siendo sus víctimas predilectas, realizaba también buen número de conquistas entre los laicos. Junto con la gastrimargia, la fornicatio, la philargyria, la tristitia, la cenodoxia, la ira y la superbia, la acedia o taedium cordis era considerada como uno de los ocho vicios capitales que subyugan al hombre. Algunos desacertados psicólogos del mal suelen hablar de la acedia como si fuera la llana pereza. Mas la pereza es tan sólo una de las numerosas manifestaciones del vicio sutil y complicado que es la acedia. Al hablar de ella en el «Cuento del clérigo», Chaucer hace una descripción muy precisa de este catastrófico vicio del espíritu. «La acedia», nos dice, «hace al hombre aletargado, pensaroso y grave». Paraliza la voluntad humana, «retarda y pone inerte» al hombre cuando intenta actuar. De la acedia procede el horror a comenzar cualquier acción de utilidad, y finalmente el desaliento o la desesperación. En su ruta hacia la desesperanza extrema, la acedia genera toda una cosecha de pecados menores, como la ociosidad, la morosidad, la lâchesse, la frialdad, la falta de devoción y «el pecado de la aflicción mundana, llamado tristitia, que mata al hombre, como dice San Pablo». Los que han pecado por acedia encuentran su morada eterna en el quinto círculo del Infierno.

Por su parte, conocereisdeverdad.org, se refiere a ella como  la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. En efecto, la tentación es para un alma noble lo que el alimento es para un cuerpo vigoroso.

El viento del norte nutre los brotes y las tentaciones consolidan la firmeza del alma.

La nube pobre de agua es alejada por el viento como la mente que no tiene perseverancia del espíritu de la acedia.

El rocío primaveral incrementa el fruto del campo y la palabra espiritual exalta la firmeza del alma.

El flujo de la acedia arroja al monje de su morada, mientras que aquel que es perseverante está siempre tranquilo.

El acedioso aduce como pretexto la visita a los enfermos, cosa que garantiza su propio objetivo.

El monje acedioso es rápido en terminar su oficio y considera un precepto su propia satisfacción; la planta débil es doblada por una leve brisa e imaginar la salida distrae al acedioso.

Un árbol bien plantado no es sacudido por la violencia de los vientos y la acedia no doblega al alma bien apuntalada.

El monje giróvago, como seca brizna de la soledad, está poco tranquilo, y sin quererlo, es suspendido acá y allá cada cierto tiempo.

Un árbol transplantado no fructifica y el monje vagabundo no da fruto de virtud. El enfermo no se satisface con un solo alimento y el monje acedioso no lo es de una sola ocupación.

No basta una sola mujer para satisfacer al voluptuoso y no basta una sola celda para el acedioso.

 Nos agrega textualmente, la fuente de información citada, que el ojo del acedioso se fija en las ventanas continuamente y su mente imagina que llegan visitas: la puerta gira y éste salta fuera, escucha una voz y se asoma por la ventana y no se aleja de allí hasta que, sentado, se entumece.

Cuando lee, el acedioso bosteza mucho, se deja llevar fácilmente por el sueño, se refriega los ojos, se estira y, quitando la mirada del libro, la fija en la pared y, vuelto de nuevo a leer un poco, repitiendo el final de la palabra se fatiga inútilmente, cuenta las páginas, calcula los párrafos, desprecia las letras y los ornamentos y finalmente, cerrando el libro, lo pone debajo de la cabeza y cae en un sueño no muy profundo, y luego, poco después, el hambre le despierta el alma con sus preocupaciones.

El monje acedioso es flojo para la oración y ciertamente jamás pronunciará las palabras de la oración; como efectivamente el enfermo jamás llega a cargar un peso excesivo así también el acedioso seguramente no se ocupará con diligencia de los deberes hacia Dios: a uno le falta, efectivamente, la fuerza física, el otro extraña el vigor del alma.

La paciencia, el hacer todo con mucha constancia y el temor de Dios curan la acedia.

 Se sugiere disponer para uno mismo  una justa medida en cada actividad y no desistir  antes de haberla concluido, y rezar prudentemente y con fuerza y el espíritu de la acedia huirá de uno.

Por último, psikeba.com.ar, al respecto nos aporta, que  la pereza en el plano espiritual y religioso se denomina propiamente acidia o acedia. La palabra griega avkhdi o avkhdei, aparece traducida por taedium (tedio) y maeror (tristeza profunda). Se la encuentra entre los autores paganos, como por ejemplo, en Empédocles, Hipócrates, Luciano y Cicerón. El término griego, con el sentido de tedio, tristeza, pereza espiritual, se latinizó como acedia, acidia o accidia.

Durante la Edad Media las relaciones entre el estado físico y el psíquico siguieron relacionándose para estudiar la melancolía. La melancolía se relacionó con el pecado de la acedia, sinónimo de descuido en las tareas religiosas, acompañado con frecuencia de tristeza, angustia y desesperación; en un principio se utilizó esta palabra para referirse a los monjes pero posteriormente sobrepasó el contexto religioso puesto que el pecado de la acedia  se transformó en  el de la pereza y no se refería  sólo a las tareas religiosas  sino, además, al  trabajo productivo, vaciamiento del significado original que denuncia Agamben poniéndolo a cuenta de la psicología moderna y el capitalismo. 

Los monjes o padres que vagaban en el desierto la identificaban como el terrible demonio del mediodía, modorra y aburrimiento, Casssiano hace referencia al demonio de la hora sexta del día (mediodía) del que habla el salmo 19, de allí que Agamben desarrolle en el primer capítulo de Estancias, la figura del ‘demonio meridiano'.

La acedia es vicio especial cuando se opone al gozo que debería procurar el bien espiritual en cuanto bien divino.

 

 

 

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