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DESARROLLO PERSONAL DINAMICO

Tu no ves lo que eres, sino su sombra . R. Tagore

6 Abril 2010

EL REMORDIMIENTO

 

Carlos Mora Vanegas

"El remordimiento es como la mordedura de un perro en una piedra: una tontería". Nietzsche

Quizás en algún momento de su vida habrá experimentado el remordimiento, se habrá detenido a considerar el por qué de ello, qué es lo que hizo que lo conlleva a  determinar porque siente el remordimiento ante determinado proceder.

Desde luego ,el remordimiento involucra palabras muy interesantes que cada una de ellas encierran un alcance, repercusiones en nuestro crecimiento personal y que debemos estar atentos para determinar como actúan como controlarlas, como son:  culpa, desazón , desarmonía, malestar intranquilidad, preocupación, dolor espiritual, descontento, entre otras.

Nos comenta la Asociación Española de Personalismo, que el sentimiento, que llamamos remordimiento, se da en todo hombre con diferentes grados de intensidad, desde molestias sin causa bien conocida, hasta un sufrimiento insoportable que puede llevar a la desesperación y al suicidio, como en el caso de Judas Iscariote.  El remordimiento es un aviso de que algo moral no es correcto. Es un dolor que avisa de una enfermedad del alma. Es el efecto de un acto culpable. Se puede intentar no pensar en él, o justificar el pecado para que no haga sufrir. La experiencia dice que raramente se puede anular. El remedio es la sinceridad y el arrepentimiento. Aceptar la responsabilidad de una acción culposa ante Dios. La superación del remordimiento, y la paz consiguiente,  depende mucho de la noción que se tenga de Dios. Por ejemplo, si se le considera excesivamente vengativo y solamente justiciero es comprensible un sufrimiento que no se va ni con el arrepentimiento. Los escrúpulos son diversos, pero sus síntomas pueden ser semejantes. Si se sabe apreciar que la justicia divina se armoniza con la misericordia será más fácil la sensación de ser realmente perdonado. Si se tiene el sentido de la filiación divina con todos los matices de la redención cristiana se puede superar el dolor y adquirir una confianza y seguridad llenas de paz. 

personalismo.org, de la Asociación Española de Personalismo,  nos aporta además, que  no olvidemos, que el remordimiento es un sentimiento real relacionado íntimamente con la ética. Es una desazón difusa, un dolor espiritual que puede llegar a ser físico, es un descontento con uno mismo, un reproche desde lo más hondo, es como una mordedura en el corazón. El resentimiento se produce en comparación con otros, por envidias reprimidas e impotentemente vengativas. El remordimiento es individual,  se da ante la propia conciencia. El remordimiento se produce por la percepción de haber herido o traicionado a otro. En nuestro tiempo se debe tener en cuenta un fuerte rechazo del sentimiento de culpa, de la culpabilidad, proclamando una inocencia original; pero este sentimiento renace de otro modo en el remordimiento que se disfraza de un malestar que se puede llamar cultural. Aunque se diga y se llegue a pensar que no se es responsable de ninguna culpa, o que la culpa es de la sociedad, o de los condicionamientos del cuerpo etc. El remordimiento avisa de una disfunción aceptada o no. La realidad es que este sentimiento se da, más o menos camuflado, cuando hay una culpabilidad objetiva. El término remordimiento es gráfico pues expresa el dolor de un morder interior, similar a como un animal salvaje que no suelta su presa produciendo dolor, aunque no muerte..

 Se nos recuerda, que a mediados del siglo XIX, Manzoni  dejó una fina descripción psicológica del remordimiento en su caracterización del Ignominato, el "Caballero sin Nombre" de I promessi sposi: "Hacía ya algún tiempo que sus fechorías le causaban, si no remordimientos, al menos cierta desazón importuna. Las muchas que conservaba aglomeradas en su memoria, más bien que en su conciencia, se le presentaban vivamente al cometer una nueva maldad, pareciéndole harto incómodo su recuerdo, y abrumándolo su excesivo número, como si cada una agravase sobre su corazón el peso de las anteriores. Empezaba ya a sentir otra vez aquella repugnancia que experimentó al cometer los primeros delitos, y que vencida después, había dejado de importunarlo por espacio de muchos años. Pero si en los primeros tiempos la idea de un porvenir indefinido y de una vida larga y vigorosa llenaban su ánimo de una confianza irreflexiva, ahora por el contrario, la consideración de lo futuro era la que le presentaba más desagradable lo pasado. ¡Envejecer!... ¡Morir!... ¿Y luego? ¡Cosa admirable! La imagen de la muerte, que en un peligro inmediato, delante de un enemigo, aumentaba el ánimo de aquel hombre, añadiendo el valor a la ira, la misma imagen ofreciéndosele durante el silencio de la noche, en la seguridad de su castillo, le causaba una extraordinaria consternación, porque no era un riesgo que provenía de otro hombre también mortal, ni una muerte que pudiera repelerse con mejores armas y brazos más vigorosos, sino que venía por sí sola, estaba dentro de sí mismo, y aun cuando tal vez se hallase lejana, se acercaba por momentos paso a paso: y cuanto más se esforzaba la imaginación por alejarla, se aproximaba más y más cada día. En los primeros años, los ejemplares sobrado frecuentes, y el espectáculo incesante, digámoslo así, de violencias, venganzas y asesinatos, inspirándole una atroz emulación, le servían al mismo tiempo de disculpa, y aun de autoridad para adormecer los clamores de su conciencia; pero ahora se despertaba en él de cuando en cuando la idea confusa, aunque terrible, de un juicio individual y de una razón independiente del ejemplo. Por otra parte, el haberse distinguido de la turba de los malhechores, siendo solo en su especie, excitaba en su espíritu la idea de un espantoso aislamiento. Representábasele también la idea de Dios, aquel Dios de quien desde tiempo muy antiguo no pensaba ni en negar ni en reconocer, ocupado únicamente en vivir como si no existiera. Y ahora en ciertas ocasiones de abatimiento, sin causa de terror conocido, sin fundamento, le parecía que en su interior le gritaba: Yo existo. En el fervor juvenil de sus pasiones, la ley que había oído anunciar a nombre de ese mismo Dios, la hubiera juzgado aborrecible; pero ahora, cuando la memoria se la recordaba, su razón la admitía, a pesar suyo, como cosa practicable y aun obligatoria. Sin embargo, lejos de traslucir ni en obras ni en palabras algo de esta nueva inquietud, la ocultaba cuidadosamente, y disfrazándola con las apariencias de una más intensa y profunda ferocidad, trataba por este medio de ocultársela a sí mismo o de disiparla. Envidiando (ya que no le era dado aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer maldades sin remordimientos, y sin más cuidado que el de su feliz éxito, hacía los mayores esfuerzos a fin de que volviesen, y de robustecer de nuevo aquella antigua voluntad resuelta, orgullosa, imperturbable, persuadiéndose a sí mismo que era todavía el hombre de entonces".

Nos agrega la fuente señalada, que Shakespeare al narrar el pesar y la angustia que acompañan ordinariamente al remordimiento del torturado Macbeth, cuando dice que "nuestros actos son lecciones sanguinarias que, una vez aprendidas, vuelven a atormentar a quien las ha inventado. Y una justicia imperturbable acerca a nuestros labios, una vez y otra, la mezcla emponzoñada de nuestro propio cáliz" Más claramente aún se ve este sentimiento en su esposa Lady Macbeth atormentada en sueños por sus crímenes y por sus manos ensangrentadas: "La mancha sigue aquí -exclama entre sueños y sonambulismo mirando sus manos-. ¡Aléjate, mancha maldita! ¡Fuera, he dicho!... ¡Cómo! ¿Es que nunca van a estar limpias estas manos?... ¡Hasta aquí llega el hedor de sangre! ¡Todos los aromas de Arabia no podrían perfumar mis manos!". El gran dramaturgo pone en boca de su galeno: "Más que de médico, de sacerdote está necesitada". El mismo Macbeth, viendo la turbación que va llevando a su esposa a la locura, increpa al médico: "¡Cúrala ! ¿Es que no puedes aliviar a un espíritu enfermo, arrancar los pesares arraigados en la memoria, borrar las inquietudes grabadas en el cerebro y, con dulce antídoto de olvido, vaciar el pecho de materia peligrosa que pesa sobre el corazón?"

Jorge Luis Borges al respecto nos lega su poema

EL REMORDIMIENTO

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

 

 

 

 

 

 

 

 

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